He estado esta semana en una sesión de trabajo en la que uno de los participantes se ofreció a explicarnos la diferencia entre implicación y compromiso. Nos dijo que quería gente comprometida; no solo implicada, y que conocía una historia que ilustraba esa diferencia.
Estoy seguro que muchos de vosotros habéis adivinado de qué historia se trata. ¿Cuántas veces habremos oído la historia acerca del cerdo y la gallina que deciden hacer un regalo al granjero y ésta propone darle un par de huevos para el desayuno y que el cerdo lo complete con algo de bacon?. La explicación de la historia suele acabar explicando que esa es la diferencia entre el compromiso real, el del cerdo, y la implicación de la gallina.
Honestamente, nunca me ha gustado esa historia. Mi trabajo en estos últimos años ha consistido en generar un mayor compromiso en el personal de varias fábricas de una compañía multinacional y, como consecuencia directa de ese compromiso, mejoras del clima, del absentismo, del presentismo y de la productividad.
A eso me he dedicado mayoritariamente durante estos últimos años y he llegado a varias conclusiones acerca del compromiso.
La primera es que el compromiso solo puede funcionar si es bilateral. ¿Qué les damos a cambio? , ¿bacon, huevos, caviar, o quizás pan duro?.
La segunda es que solemos medir nuestro compromiso y el suyo con diferentes raseros. El ejemplo del cerdo que se automutila quizás pueda parecer excesivo; pero la verdad es que palabras como motivación, compromiso e implicación solemos pronunciarlas en épocas de “vacas flacas” (sin duda, otro animal de nuestro amigo granjero) y asociadas a “sacrificio”.
La tercera es que los grandes conceptos como compromiso, liderazgo, desarrollo, confianza solo pueden funcionar alejados de grandilocuencia, heroicidades, dogmatismos y grandes teorías. Se construyen en el día a día; en la cercanía a la gente y siendo congruentes entre lo que decimos y lo que hacemos
Y la cuarta verdad; y consecuencia directa de las tres anteriores; es que el compromiso de nuestra gente depende de nosotros y no de ellos. Somos nosotros los que podemos decidir ser bilaterales o sólo esperar compromiso por su parte. Somos nosotros los que podemos autoexigirnos lo mismo que les exigimos a ellos. Y somos nosotros los que podemos ser claros y cercanos a nuestra gente o podemos decidir no serlo.
Para acabar, déjenme que les explique otra historia de gallinas. En plena posguerra, en un pueblo del Pirineo, varias familias se reunieron para comer con motivo de una celebración. Era época de escasez así que era costumbre que cada familia trajera su propia comida y compartiera una parte.
Los anfitriones comentaron que todavía no disponían de su comida y que en cuanto la tuvieran la traerían.
Comieron, compartieron y cuando la comida que había sobre la mesa se hubo acabado, dijeron los anfitriones “¿Qué; traemos la gallina?”.
Todos asintieron con la cabeza, alegres y sorprendidos por la generosidad de los anfitriones. Era, como hemos dicho, época de escasez, lo cual quería decir que “si puedes comer; hazlo aunque no tengas hambre”. Así que todos se prepararon para lo que imaginaban un suculento festín a base de carne de gallina.
Y trajeron la gallina. La gallina entró en la sala. Y, en efecto, la dejaron encima de la mesa. Pero no cocinada; sino viva. Y comenzó a picotear las sobras (pocas, apenas unas migajas, ¡era época de escasez!) que los comensales dejaron en sus platos.
Y después trajeron una pieza de fruta por persona. Esa sí era la parte de la comida que aportaban los anfitriones
A veces nos quejamos que nuestra gente no está “comprometida” con la marcha de la empresa,; que no está “ilusionada” con un nuevo proyecto; que “es” resistente al cambio.
Pero, quizás deberíamos preguntarnos si esa gente que etiquetamos como “poco comprometida” y resistente al cambio ¿comparte mesa, mantel y comida?, ¿o solo las migajas?. ¿La hemos informado y hecho partícipe de esos proyectos desde el principio o solo cuando, ya al final, es imprescindible?; a la hora de “traer la gallina”
La próxima vez que alguien le intente explicar la historia del cerdo comprometido, el granjero y la gallina implicada; piense en nuestra gallina de posguerra; nuestra gallina que entraba a picotear las sobras de la comida.
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Una buenísima reflexión. Es importante que nos acordemos de que nuestras actitudes siembran y pesan más que nuestras palabras a la hora de conseguir el impacto que queremos en nuestro entorno (del tipo que sea). La coherencia es un elemento clave, sin duda. Gracias.
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