miércoles, 24 de junio de 2009
sábado, 20 de junio de 2009
Nomadas, II PARTE. "¡No sin mi maleta!"; T1, ¿La diferencia que marca la diferencia?
Comencé a escribir estas líneas en Brasil donde estuve esta semana llevando un proyecto de mejora en una fábrica. Llegué el pasado domingo procedente de Barcelona y volví a casa ayer sábado por la noche. Llegué y marché con una compañía, la aerolínea portuguesa de bandera TAP; perteneciente a la alianza Star Alliance.
Salí el domingo 14 de junio desde la Terminal B y ayer sábado 20 volví a la flamante Terminal 1, inaugurada con todo lujo durante mi estancia en Brasil. Las antiguas terminales A, B y C pasan a llamarse Terminal 2.
Ya comenté en alguna entrada anterior (ver la entrada “Spanair, Galileo y Julio Verne. Cielo, Aire e Infinito” del pasado 7 de febrero de 2009) la importancia de una infraestructura como ésta, no solo por la creación directa e indirecta de empleos, si no muy especialmente por las esperanzas depositadas en Spanair y la T1 para convertir el aeropuerto de Barcelona El Prat en un hub que conecte Barcelona y el mundo; sin peajes ni subordinaciones a otras ciudades y aeropuertos.
¿Spanair y la T1 conseguirán ser “la diferencia” que marque la diferencia para Barcelona y su área de influencia?. Quizás si o quizás no. Para que eso suceda, para que las grandes decisiones estratégicas (como son la compra de una aerolínea o la creación y puesta en marcha de una gran infraestructura) acaben teniendo consecuencias directas en el día a día de la gente, hace falta que otras “pequeñas diferencias” consigan marcar “LA DIFERENCIA” con mayúsculas porque de nada sirven grandes decisiones sin el trabajo diario de la gente que trabaja directamente en los productos o servicios, ya sea diseñando o creando productos que se ajusten a las necesidades e intereses de las personas o ya sea en contacto directo con el cliente o usuario
Permitidme que os ilustre la situación con un ejemplo vivido el mismo domingo día 14 cuando intentaba obtener la tarjeta de embarque de los vuelos Barcelona – Lisboa y Lisboa – Belo Horizonte.
Eran las 5.30 de la mañana (el vuelo salía a las 6.30) cuando por fin llegó mi turno de facturar en la cola de business. Mostré mi pasaporte y mi tarjeta de fidelización de Spanair (perteneciente a la alianza Star Alliance, como la operadora de los vuelos, la TAP) y la señora que me atendía en el check – in me pidió que posara la maleta de mano en la cinta. Así, disciplinadamente, lo hice.
Y entonces, ella pronunció las palabras mágicas. “8 kilos y medio. Deberá facturar la maleta”.
Por unos segundos me quedé paralizado. Quizás era porque era domingo y apenas las 5.30 y había dormido menos de lo habitual; quizás era porque ya había tomado ese vuelo varias veces anteriormente (de hecho, muchas) y nunca me habían sugerido que facturara o quizás, simple y llanamente, porque tomo unos 100 aviones al año y nunca; insisto nunca; bajo ningún concepto, facturo la maleta. Si lo hiciera, atendiéndome a las estadísticas, perdería mi equipaje (“ellos perderían mi equipaje”, sería la manera correcta de expresarlo) varias veces al año.
El caso es que tras esos pocos segundos de parálisis mis neuronas, despertaron de golpe. Os reproduzco parte de la conversación que mantuvimos en un formato resumido:
Yo.- “¿ “Facturar”?; ¿He hecho varias veces este vuelo; siempre llevo lo mismo y nunca me han hecho facturar?”
Ella.- (mirándome fría y fijamente). “Quizá porque nunca antes la habían pesado”
Yo,.- “¿Me ha dicho 8 kilos y medio?. El peso para el equipaje de mano es de 12 kilos en turista y mi billete es de business. ¿No entiendo porqué debo facturar? (NOTA: las cifras que cito, son de IBERIA).
Ella.- Esa cifra debe ser en otra aerolínea. ¿Va a facturar la maleta o atiendo a otro pasajero?
¿Queréis saber cómo acabó?. Ví que otros pasajeros llevaban además de su maleta de mano, la bolsa del ordenador y que además, las pasajeras, incorporaban un tercer bulto; “el bolso”. Así pues, negocié con ella separar parte del contenido de la maleta (el portátil, una pequeña mochila y algunos libros) y volver a pesar la maleta.
La negociación tampoco fue fácil ya ella insistía en que después de pesar la maleta volvería colocar las cosas dentro a lo que yo respondía “obviamente, no querrá que tiré el ordenador, ¿verdad?”. Pero si otros pasajeros pueden pasar dos y hasta tres objetos yo no voy a ser menos”.
Finalmente, puse la maleta en la cinta. Pesaba ahora mucho menos; el resto del peso seguía existiendo, pero esta vez en la mochila que, obviamente, también iba a llevar conmigo.
Me dio ambas tarjetas de embarque, y allí mismo volví a colocar todo dentro de la maleta. Me dirigí a la zona de control de seguridad, pasé el control, me dirigí a mi puerta y embarqué rumbo a Lisboa.
Honestamente, yo no sé si AENA, Spanair y la T1 querrán, sabrán y podrán convertir el Aeropuerto de El Prat en un “hub” con vuelos intercontinentales que sitúen a Barcelona en el mapa de ciudades de primera línea; pero lo que si sé es que si YO debo escoger entre un vuelo directo desde Barcelona a mi destino que me obligue a facturar mi equipaje y otro vuelo, con escala en Ámsterdam, Heathrow, Madrid, París o Francfort que me permita llevar mi equipaje conmigo; si debo escoger entre escalas cómodas o interminables paseos de una terminal a otra, si debo escoger entre controles de seguridad con inacabables filas de ejecutivos estresados o controles eficaces pero ágiles mi opción es clara; “No sin mi maleta”
Las grandes decisiones estratégicas materializadas en infraestructuras existen por y para el ciudadano, cliente o usuario. Son condición necesaria para la mejora y el progreso pero no suficiente. Al final la decisión última de un vuelo u otro, de comprar un billete, producto o servicio u otro la toma el usuario final.
Y las decisiones individuales se basan en criterios tan simples como ¿debo hacer escalas o puedo volar tranquilamente en un vuelo directo?, ¿el personal de esta aerolínea me crea problemas o me los resuelve?, ¿puedo volar con mi maleta, si o no?. Y en mi caso, la decisión es simple: “No sin mi maleta”.
Confío que la nueva terminal aeroportuaria traiga “nuevos aires” a la oferta de vuelos, a la ciudad y, en especial, al trato a clientes y usurarios. Ese, y no otro, es el único sentido de infraestructuras, empresas, productos, servicios y organizaciones.
Larga vida a la T1.
Salí el domingo 14 de junio desde la Terminal B y ayer sábado 20 volví a la flamante Terminal 1, inaugurada con todo lujo durante mi estancia en Brasil. Las antiguas terminales A, B y C pasan a llamarse Terminal 2.
Ya comenté en alguna entrada anterior (ver la entrada “Spanair, Galileo y Julio Verne. Cielo, Aire e Infinito” del pasado 7 de febrero de 2009) la importancia de una infraestructura como ésta, no solo por la creación directa e indirecta de empleos, si no muy especialmente por las esperanzas depositadas en Spanair y la T1 para convertir el aeropuerto de Barcelona El Prat en un hub que conecte Barcelona y el mundo; sin peajes ni subordinaciones a otras ciudades y aeropuertos.
¿Spanair y la T1 conseguirán ser “la diferencia” que marque la diferencia para Barcelona y su área de influencia?. Quizás si o quizás no. Para que eso suceda, para que las grandes decisiones estratégicas (como son la compra de una aerolínea o la creación y puesta en marcha de una gran infraestructura) acaben teniendo consecuencias directas en el día a día de la gente, hace falta que otras “pequeñas diferencias” consigan marcar “LA DIFERENCIA” con mayúsculas porque de nada sirven grandes decisiones sin el trabajo diario de la gente que trabaja directamente en los productos o servicios, ya sea diseñando o creando productos que se ajusten a las necesidades e intereses de las personas o ya sea en contacto directo con el cliente o usuario
Permitidme que os ilustre la situación con un ejemplo vivido el mismo domingo día 14 cuando intentaba obtener la tarjeta de embarque de los vuelos Barcelona – Lisboa y Lisboa – Belo Horizonte.
Eran las 5.30 de la mañana (el vuelo salía a las 6.30) cuando por fin llegó mi turno de facturar en la cola de business. Mostré mi pasaporte y mi tarjeta de fidelización de Spanair (perteneciente a la alianza Star Alliance, como la operadora de los vuelos, la TAP) y la señora que me atendía en el check – in me pidió que posara la maleta de mano en la cinta. Así, disciplinadamente, lo hice.
Y entonces, ella pronunció las palabras mágicas. “8 kilos y medio. Deberá facturar la maleta”.
Por unos segundos me quedé paralizado. Quizás era porque era domingo y apenas las 5.30 y había dormido menos de lo habitual; quizás era porque ya había tomado ese vuelo varias veces anteriormente (de hecho, muchas) y nunca me habían sugerido que facturara o quizás, simple y llanamente, porque tomo unos 100 aviones al año y nunca; insisto nunca; bajo ningún concepto, facturo la maleta. Si lo hiciera, atendiéndome a las estadísticas, perdería mi equipaje (“ellos perderían mi equipaje”, sería la manera correcta de expresarlo) varias veces al año.
El caso es que tras esos pocos segundos de parálisis mis neuronas, despertaron de golpe. Os reproduzco parte de la conversación que mantuvimos en un formato resumido:
Yo.- “¿ “Facturar”?; ¿He hecho varias veces este vuelo; siempre llevo lo mismo y nunca me han hecho facturar?”
Ella.- (mirándome fría y fijamente). “Quizá porque nunca antes la habían pesado”
Yo,.- “¿Me ha dicho 8 kilos y medio?. El peso para el equipaje de mano es de 12 kilos en turista y mi billete es de business. ¿No entiendo porqué debo facturar? (NOTA: las cifras que cito, son de IBERIA).
Ella.- Esa cifra debe ser en otra aerolínea. ¿Va a facturar la maleta o atiendo a otro pasajero?
¿Queréis saber cómo acabó?. Ví que otros pasajeros llevaban además de su maleta de mano, la bolsa del ordenador y que además, las pasajeras, incorporaban un tercer bulto; “el bolso”. Así pues, negocié con ella separar parte del contenido de la maleta (el portátil, una pequeña mochila y algunos libros) y volver a pesar la maleta.
La negociación tampoco fue fácil ya ella insistía en que después de pesar la maleta volvería colocar las cosas dentro a lo que yo respondía “obviamente, no querrá que tiré el ordenador, ¿verdad?”. Pero si otros pasajeros pueden pasar dos y hasta tres objetos yo no voy a ser menos”.
Finalmente, puse la maleta en la cinta. Pesaba ahora mucho menos; el resto del peso seguía existiendo, pero esta vez en la mochila que, obviamente, también iba a llevar conmigo.
Me dio ambas tarjetas de embarque, y allí mismo volví a colocar todo dentro de la maleta. Me dirigí a la zona de control de seguridad, pasé el control, me dirigí a mi puerta y embarqué rumbo a Lisboa.
Honestamente, yo no sé si AENA, Spanair y la T1 querrán, sabrán y podrán convertir el Aeropuerto de El Prat en un “hub” con vuelos intercontinentales que sitúen a Barcelona en el mapa de ciudades de primera línea; pero lo que si sé es que si YO debo escoger entre un vuelo directo desde Barcelona a mi destino que me obligue a facturar mi equipaje y otro vuelo, con escala en Ámsterdam, Heathrow, Madrid, París o Francfort que me permita llevar mi equipaje conmigo; si debo escoger entre escalas cómodas o interminables paseos de una terminal a otra, si debo escoger entre controles de seguridad con inacabables filas de ejecutivos estresados o controles eficaces pero ágiles mi opción es clara; “No sin mi maleta”
Las grandes decisiones estratégicas materializadas en infraestructuras existen por y para el ciudadano, cliente o usuario. Son condición necesaria para la mejora y el progreso pero no suficiente. Al final la decisión última de un vuelo u otro, de comprar un billete, producto o servicio u otro la toma el usuario final.
Y las decisiones individuales se basan en criterios tan simples como ¿debo hacer escalas o puedo volar tranquilamente en un vuelo directo?, ¿el personal de esta aerolínea me crea problemas o me los resuelve?, ¿puedo volar con mi maleta, si o no?. Y en mi caso, la decisión es simple: “No sin mi maleta”.
Confío que la nueva terminal aeroportuaria traiga “nuevos aires” a la oferta de vuelos, a la ciudad y, en especial, al trato a clientes y usurarios. Ese, y no otro, es el único sentido de infraestructuras, empresas, productos, servicios y organizaciones.
Larga vida a la T1.
viernes, 12 de junio de 2009
Nomadas. Expatriados, Familias y Expatriados a Tiempo Parcial
Hace ya un par de semanas estuve en el Norte de Portugal abriendo un nuevo proyecto de mejora en una fábrica. Y van ya veinticinco. Un proyecto similar en estructura y objetivos a los otros proyectos a los que en alguna entrada anterior ya me he referido; aunque de forma puntual
Por cierto; si queréis una descripción con mayor grado de detalle acerca de qué son esos proyectos; como construirlos e implantarlos y acerca de su impacto en los resultados de la empresa, la podéis encontrar en el libro “CREO, LUEGO CREO” (Editorial Urano /Empresa Activa”); libro del cual soy autor.
Y hasta aquí el “publirreportaje”. Volvamos ahora al tema que nos ocupa.
Era el jueves a las 6 de la tarde cuando acabé las reuniones de proyecto. Mi avión despegaba en Porto, el día siguiente, viernes a las 12 (hora portuguesa; la 1 del mediodía hora española). Mientras comíamos en un bar del polígono donde se halla ubicada la fábrica, la televisión pública portuguesa anunciaba “greva” (“huelga” en portugués) de los pilotos de PGA (aerolínea regional portuguesa de capital privado que en su día, a inicios de los años 90, se atrevió a desafiar el monopolio público de TAP y que fue comprada recientemente por ésta).
Porto es una ciudad situada al norte de Portugal, una ciudad culta, industrial, famosa por sus vinos, y con una luz maravillosa fruto de la combinación de la compleja orografia, sumada a la desembocadura del río Douro (“D´ouro”; “de oro”; el río Duero para nosotros) y el océano Atlântico (así, con acento circunflejo; lo escriben ellos).
Y de Porto a Vigo (en Galicia) hay alrededor de una hora y media en coche. Así que, tras confirmar que, definitivamente, mi vuelo estaba cancelado; solicité un billete para tomar el primer vuelo (09.45) ese mismo viernes, con destino a Barcelona; y salida desde Vigo, en vez desde Porto como estaba inicialmente previsto.
Ese vuelo suponía salir del hotel (insisto; en Porto, Portugal) a las 5.45 de la madrugada (o de la mañana, si así lo preferís) para llegar relajadamente pero con tiempo suficiente al aeropuerto.
Abreviaré la historia, aunque elimine parcialmente el “suspense”. Poco antes de que la autopista dejara el territorio portugués; la policía portuguesa nos obligó a abandonarla. Sin más explicaciones. El itinerario alternativo recomendado nos llevó por unos maravillosos paisajes: montaña, ríos, lagos (o embalses, lo ignoro), aire fresco impregnado de olor a naturaleza y neblinas y pueblos de las comarcas del Norte de Portugal y Galicia.
¡Qué bonito debe ser tener tiempo para disfrutar de esos paisajes, pueblos y gentes!. Por mi trabajo tomo más de 100 aviones al año para desplazarme por todo el mundo y hay ciudades como Buenos Aires de las que solo conozco la fábrica, el hotel y la Plaza de Mayo, y ésta última porque está a cinco minutos andando del hotel donde me alojo habitualmente.
¡Qué bonito debe ser disfrutar del recorrido por esos paisajes sin recibir tres llamadas telefónicas y una docena de mails en la blackberry! entre las 6 y 9 de la mañana hora portuguesa (y no es un recurso literario, ni una metáfora; ni nada similar. Es la realidad)
Resumiendo. El trayecto de una hora y media se convirtió en un viaje épico (o quizás en una “peregrinación” por aquello de suceder en parte en suelo gallego); perdí el vuelo y acabé comprando otro para las 13 horas; vuelo que tampoco salió puntual.
Os comentaba que tomo más de 100 aviones al año. Taxis, remís, motoristas (estas dos últimas son palabras utilizadas para hablar de taxis y taxistas en Argentina y Brasil, respectivamente), hoteles, colas de facturación, salas de embarque, interminables controles de seguridad y de inmigración son los lugares donde paso una gran parte de mi tiempo.
Os hablaba antes de mi primer libro, donde explico “QUE” hago y “COMO” lo hago; es decir, mi trabajo. El segundo, cuya redacción ya he comenzado tiene dos ejes; explicar por un lado todo aquello que quedó pendiente en el primero (y que algún lector ya me ha hecho saber que “echa en falta”) y, por otro y muy especialmente; el “QUIEN” que existe detrás de “Qué” y el “Cómo”.
Y ese “quién” no es otro que la vida de los expatriados dispersos por todo el mundo; la vida de sus familias y la de aquellos que, como yo, saltamos de fábrica en fábrica, de país en país, de continente en continente, avión tras avión; para prestarles ayudas.
Ellos, los expatriados y sus familias, y gente como yo; auténticos “expatriados a tiempo parcial” somos los auténticos NÓMADAS del siglo XXI.
Por cierto; si queréis una descripción con mayor grado de detalle acerca de qué son esos proyectos; como construirlos e implantarlos y acerca de su impacto en los resultados de la empresa, la podéis encontrar en el libro “CREO, LUEGO CREO” (Editorial Urano /Empresa Activa”); libro del cual soy autor.
Y hasta aquí el “publirreportaje”. Volvamos ahora al tema que nos ocupa.
Era el jueves a las 6 de la tarde cuando acabé las reuniones de proyecto. Mi avión despegaba en Porto, el día siguiente, viernes a las 12 (hora portuguesa; la 1 del mediodía hora española). Mientras comíamos en un bar del polígono donde se halla ubicada la fábrica, la televisión pública portuguesa anunciaba “greva” (“huelga” en portugués) de los pilotos de PGA (aerolínea regional portuguesa de capital privado que en su día, a inicios de los años 90, se atrevió a desafiar el monopolio público de TAP y que fue comprada recientemente por ésta).
Porto es una ciudad situada al norte de Portugal, una ciudad culta, industrial, famosa por sus vinos, y con una luz maravillosa fruto de la combinación de la compleja orografia, sumada a la desembocadura del río Douro (“D´ouro”; “de oro”; el río Duero para nosotros) y el océano Atlântico (así, con acento circunflejo; lo escriben ellos).
Y de Porto a Vigo (en Galicia) hay alrededor de una hora y media en coche. Así que, tras confirmar que, definitivamente, mi vuelo estaba cancelado; solicité un billete para tomar el primer vuelo (09.45) ese mismo viernes, con destino a Barcelona; y salida desde Vigo, en vez desde Porto como estaba inicialmente previsto.
Ese vuelo suponía salir del hotel (insisto; en Porto, Portugal) a las 5.45 de la madrugada (o de la mañana, si así lo preferís) para llegar relajadamente pero con tiempo suficiente al aeropuerto.
Abreviaré la historia, aunque elimine parcialmente el “suspense”. Poco antes de que la autopista dejara el territorio portugués; la policía portuguesa nos obligó a abandonarla. Sin más explicaciones. El itinerario alternativo recomendado nos llevó por unos maravillosos paisajes: montaña, ríos, lagos (o embalses, lo ignoro), aire fresco impregnado de olor a naturaleza y neblinas y pueblos de las comarcas del Norte de Portugal y Galicia.
¡Qué bonito debe ser tener tiempo para disfrutar de esos paisajes, pueblos y gentes!. Por mi trabajo tomo más de 100 aviones al año para desplazarme por todo el mundo y hay ciudades como Buenos Aires de las que solo conozco la fábrica, el hotel y la Plaza de Mayo, y ésta última porque está a cinco minutos andando del hotel donde me alojo habitualmente.
¡Qué bonito debe ser disfrutar del recorrido por esos paisajes sin recibir tres llamadas telefónicas y una docena de mails en la blackberry! entre las 6 y 9 de la mañana hora portuguesa (y no es un recurso literario, ni una metáfora; ni nada similar. Es la realidad)
Resumiendo. El trayecto de una hora y media se convirtió en un viaje épico (o quizás en una “peregrinación” por aquello de suceder en parte en suelo gallego); perdí el vuelo y acabé comprando otro para las 13 horas; vuelo que tampoco salió puntual.
Os comentaba que tomo más de 100 aviones al año. Taxis, remís, motoristas (estas dos últimas son palabras utilizadas para hablar de taxis y taxistas en Argentina y Brasil, respectivamente), hoteles, colas de facturación, salas de embarque, interminables controles de seguridad y de inmigración son los lugares donde paso una gran parte de mi tiempo.
Os hablaba antes de mi primer libro, donde explico “QUE” hago y “COMO” lo hago; es decir, mi trabajo. El segundo, cuya redacción ya he comenzado tiene dos ejes; explicar por un lado todo aquello que quedó pendiente en el primero (y que algún lector ya me ha hecho saber que “echa en falta”) y, por otro y muy especialmente; el “QUIEN” que existe detrás de “Qué” y el “Cómo”.
Y ese “quién” no es otro que la vida de los expatriados dispersos por todo el mundo; la vida de sus familias y la de aquellos que, como yo, saltamos de fábrica en fábrica, de país en país, de continente en continente, avión tras avión; para prestarles ayudas.
Ellos, los expatriados y sus familias, y gente como yo; auténticos “expatriados a tiempo parcial” somos los auténticos NÓMADAS del siglo XXI.
viernes, 5 de junio de 2009
T4S. Tiempo, Trabajo, Talento, Trabajo en Equipo y Sensibilidad hacia las personas y equipos
Siempre he creído en las personas; y cuando era niño; mi respuesta a la inevitable pregunta “¿Qué quieres ser cuando seas mayor?” variaba de contenido pero no de significado. La lista de misionero, médico, enfermero y sólo después, psiquiatra y psicoanalista dejaba claras mis intenciones. De mayor quería ayudar a la gente.
Fui a la Facultad de Psicología; me gradué y decidí formarme como terapeuta familiar, donde descubrí el universo del pensamiento sistémico. Un universo diferente, donde no se concibe la gente aislada del entramado de personas, sentimientos y relaciones que la envuelven. Donde la linealidad causa – efecto es sumamente difusa, donde las personas pueden tener síntomas pero no necesariamente ser quienes más sufren por ello ni, a menudo, quienes definen esos síntomas como problemas.
Solo una serie de coincidencias combinado con el hecho de haber nacido en la década y el lugar adecuado me hizo entrar en contacto con el mundo de los Recursos Humanos a raíz de la concesión a Barcelona de los Juegos Olímpicos de 1.992
Mi formación como terapeuta de enfoque sistémico y mi posterior trabajo en organizaciones en general y en fábricas en particular; me hizo ampliar mi creencia en las personas y, ahora ya sí; en los equipos. Nada sucede a las personas aisladas y todo sucede en el marco de las relaciones entre personas y grupos. Solo entendiendo y gestionando las relaciones (y el marco en que éstas se dan) podemos inspirar y generar dirección y cambio
Por convicción, por vocación, por conocimiento y por cualquier otra razón imaginable creo en las personas y los equipos. Y todo lo que ha sucedido estos últimos meses de crisis global no ha hecho sino reafirmar dichas creencias.
Vivimos una época compleja. Algunos hablan del pasado, de cómo y porqué hemos llegado hasta aquí, otros de presente; de recetas para salir del atolladero, otros, profetas mediáticos o no, de crisis apocalípticas durante un futuro próximo (o ahora, en el presente continuo) y otros, finalmente de final de la civilización occidental o del capitalismo, a elegir, según las preferencias de cada uno..
Por formación primero y por experiencia después; tiendo a huir de la finalidad causa –efecto, de diagnósticos para identificar culpables (¿es que acaso van a juzgar a alguien?; y aún más ¿su culpabilidad y castigo serviría de algo?) y busco siempre un modelo que me sirva de luz en la oscuridad, de lámpara para salir del túnel; un modelo a modo de norte al que dirigirme.
Y creo firmemente que ese modelo; esa luz, ese norte, ya ha existido y quizás está al borde de la extinción.
Ese modelo (por contraposición a una manera anglosajona liberal de entender la vida y la empresa y a la pacífico asiática) es una manera greco-latina o mediterránea de entender el mundo, la vida y el trabajo.
Un modelo basado en el trabajo constante, continuado, en respetar el ciclo de la naturaleza (el timing, diríamos ahora) ya sea para pescar, o para sembrar y recoger la cosecha; en definitiva, tiempo y preparación para estar en disposición de hacer lo que debe hacerse cuando debe hacerse y como debe hacerse.
Un modelo de autoexigencia más que de exigencia a los demás y un modelo de saber cuando y como exigir; y cuando y como dar.
Un modelo de talento entendido como fruto de ese trabajo y también del conocimiento y experiencia acumulados, tarea tras tarea, año tras año y generación tras generación; de padres a hijos, de maestros a aprendices.
Talento basado en el trabajo y basado en el tiempo. Un talento que ni baja del cielo (ni de los “emebeás”) ni se adquiere con talonarios sino que es fruto de la maduración
El cuarto pilar, a mi juicio, de esa manera alternativa de entender la vida, las relaciones y el trabajo sería el vivir el trabajo juntos, el hacerlo juntos, el compartir. En definitiva el poder del equipo, de la colectividad, de la comunidad como ente superior para desarrollar nuestro pleno potencial como personas y profesionales.
Y el quinto, último y consecuencia directa de los anteriores; sería la sensibilidad hacia las personas y equipos; el respeto y apoyo a lo que cada uno es para que puedan llegar ser lo que pueden ser.
Un estilo, en definitiva mediterráneo de vivir y liderar, basado en el Trabajo, el Talento, el Tiempo, el Trabajo en Equipo y la Sensibilidad hacia las personas.
Podía haber elegido otro nombre, es cierto. Quizás la elección tiene que ver con mi origen, mi pasado, mi historia. Quizá tiene que ver con el origen de la palabra (su traducción es “en mitad de la tierra”) y con el hecho de que este espacio, el Mediterráneo, ha sido históricamente un lugar de intercambio y cuna de algunas civilizaciones; y origen y escenario de algunas guerras, es cierto.
Quizás el acrónimo escogido “de tierra adentro” (T4S; terminal satélite de Barajas) no solo sea una travesura compensatoria del inconsciente o, quizás; tan sólo pretendía generar un foco de reflexión acerca de cómo “otra manera de trabajar, liderar y vivir” es posible.
Fui a la Facultad de Psicología; me gradué y decidí formarme como terapeuta familiar, donde descubrí el universo del pensamiento sistémico. Un universo diferente, donde no se concibe la gente aislada del entramado de personas, sentimientos y relaciones que la envuelven. Donde la linealidad causa – efecto es sumamente difusa, donde las personas pueden tener síntomas pero no necesariamente ser quienes más sufren por ello ni, a menudo, quienes definen esos síntomas como problemas.
Solo una serie de coincidencias combinado con el hecho de haber nacido en la década y el lugar adecuado me hizo entrar en contacto con el mundo de los Recursos Humanos a raíz de la concesión a Barcelona de los Juegos Olímpicos de 1.992
Mi formación como terapeuta de enfoque sistémico y mi posterior trabajo en organizaciones en general y en fábricas en particular; me hizo ampliar mi creencia en las personas y, ahora ya sí; en los equipos. Nada sucede a las personas aisladas y todo sucede en el marco de las relaciones entre personas y grupos. Solo entendiendo y gestionando las relaciones (y el marco en que éstas se dan) podemos inspirar y generar dirección y cambio
Por convicción, por vocación, por conocimiento y por cualquier otra razón imaginable creo en las personas y los equipos. Y todo lo que ha sucedido estos últimos meses de crisis global no ha hecho sino reafirmar dichas creencias.
Vivimos una época compleja. Algunos hablan del pasado, de cómo y porqué hemos llegado hasta aquí, otros de presente; de recetas para salir del atolladero, otros, profetas mediáticos o no, de crisis apocalípticas durante un futuro próximo (o ahora, en el presente continuo) y otros, finalmente de final de la civilización occidental o del capitalismo, a elegir, según las preferencias de cada uno..
Por formación primero y por experiencia después; tiendo a huir de la finalidad causa –efecto, de diagnósticos para identificar culpables (¿es que acaso van a juzgar a alguien?; y aún más ¿su culpabilidad y castigo serviría de algo?) y busco siempre un modelo que me sirva de luz en la oscuridad, de lámpara para salir del túnel; un modelo a modo de norte al que dirigirme.
Y creo firmemente que ese modelo; esa luz, ese norte, ya ha existido y quizás está al borde de la extinción.
Ese modelo (por contraposición a una manera anglosajona liberal de entender la vida y la empresa y a la pacífico asiática) es una manera greco-latina o mediterránea de entender el mundo, la vida y el trabajo.
Un modelo basado en el trabajo constante, continuado, en respetar el ciclo de la naturaleza (el timing, diríamos ahora) ya sea para pescar, o para sembrar y recoger la cosecha; en definitiva, tiempo y preparación para estar en disposición de hacer lo que debe hacerse cuando debe hacerse y como debe hacerse.
Un modelo de autoexigencia más que de exigencia a los demás y un modelo de saber cuando y como exigir; y cuando y como dar.
Un modelo de talento entendido como fruto de ese trabajo y también del conocimiento y experiencia acumulados, tarea tras tarea, año tras año y generación tras generación; de padres a hijos, de maestros a aprendices.
Talento basado en el trabajo y basado en el tiempo. Un talento que ni baja del cielo (ni de los “emebeás”) ni se adquiere con talonarios sino que es fruto de la maduración
El cuarto pilar, a mi juicio, de esa manera alternativa de entender la vida, las relaciones y el trabajo sería el vivir el trabajo juntos, el hacerlo juntos, el compartir. En definitiva el poder del equipo, de la colectividad, de la comunidad como ente superior para desarrollar nuestro pleno potencial como personas y profesionales.
Y el quinto, último y consecuencia directa de los anteriores; sería la sensibilidad hacia las personas y equipos; el respeto y apoyo a lo que cada uno es para que puedan llegar ser lo que pueden ser.
Un estilo, en definitiva mediterráneo de vivir y liderar, basado en el Trabajo, el Talento, el Tiempo, el Trabajo en Equipo y la Sensibilidad hacia las personas.
Podía haber elegido otro nombre, es cierto. Quizás la elección tiene que ver con mi origen, mi pasado, mi historia. Quizá tiene que ver con el origen de la palabra (su traducción es “en mitad de la tierra”) y con el hecho de que este espacio, el Mediterráneo, ha sido históricamente un lugar de intercambio y cuna de algunas civilizaciones; y origen y escenario de algunas guerras, es cierto.
Quizás el acrónimo escogido “de tierra adentro” (T4S; terminal satélite de Barajas) no solo sea una travesura compensatoria del inconsciente o, quizás; tan sólo pretendía generar un foco de reflexión acerca de cómo “otra manera de trabajar, liderar y vivir” es posible.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)