Desde niño me han fascinado esos grandes espectáculos de magia para grandes auditorios. David Copperfield es quizá el último de una lista de magos de grandes teatros, magos capaces incluso de salir airosos de un depósito repleto de agua en el que han sido sumergidos encadenados, después de haber lanzado las llaves de los candados con los que han amarrado las cadenas. Y viendo las audiencias televisivas y los teatros siempre llenos a rebosar desde hace más de un siglo en espectáculos de este tipo; no debo ser el único fascinado con ese tipo de mago de grandes auditorios, capaz de vender “magia”, “ilusión” en todos los sentidos posibles de la palabra, y “seducir” al auditorio.
Y similar admiración nos produce cualquier otro profesional que se gane la vida jugándose su credibilidad ante un auditorio; ya sea un artista, un conferenciante o un líder antes sus empleados o accionistas.
El cine ha acabado de “vendernos” esa imagen de líder capaz de seducir a grandes auditorios. Por citar solo a algunos de los filmes, escenas y líderes, reales o de ficción, más conocidos Patton ante sus tropas (en el film del mismo título), Gordon Gekko seduciendo a la junta de accionistas en el film Wall Street, o Braveheart convenciendo para que luchen a unas tropas dispuestas unos segundos antes a huir.
De ese tipo de liderazgo somos herederos y víctimas. Nuestro vocabulario de dirección de personas está plagado de términos grandilocuentes procedentes de la estrategia militar y de imágenes de “grandes líderes” llevando a sus tropas a la batalla; y cuanto más grande es la tropa, y más “heroico” su sacrificio, más grande parece ser el líder.
Seducir a las tropas y conducirlas a grandes batallas, aceptar las inevitables pérdidas o “efectos colaterales” (eufemismo para deshumanizar las bajas).
Por contra, hay un tipo de magia más cercana, de juego de naipes y un mago con camisa (sin mangas en las que esconder las cartas), ofreciendo sus trucos, su experiencia, su saber en un pequeño café teatro, acercándose mesa a mesa a compartir su arte; jugándose su credibilidad en cada movimiento, sin poder echar mano de ayudantes que distraigan la atención, ni de recursos ocultos tras los telones ni en las trampillas del escenario.
Es la magia del gran espectáculo, las luces, los lujosos vestuarios contra la magia de la cercanía, de sentir que lo que está sucediendo allí; en ese momento; está sucediendo ante ti y para ti. Es la magia fría, de espectáculo diseñado y cronometrado al milímetro y de derroche tecnológico y de recursos de un David Copperfield o la magia cercana, cálida, simpática y eficaz de un Juan Tamariz.
La magia es, en efecto, ilusión y engaño consentido. Magia es conseguir mediante técnicas hacer creer a los demás aquello que queremos (nosotros, los magos) que crean. De la misma manera que tras conceptos como liderazgo, motivación, refuerzo o gestión del compromiso y del talento se esconde (disimulada o indisimuladamente) el conseguir que nuestra gente haga aquello que nosotros (los líderes o managers) queremos que hagan.
La reflexión no es acerca de influir o no; sino acerca de la forma. ¿Seguidores como tropa y/o espectadores? O ¿seguidores como individuos?; ¿Grandes discursos y tropas rumbo a la batalla y largas listas de efectos colaterales; o, por contra, liderazgo sencillo, directo, cálido y en mangas de camisa?.
Queda abierto el debate.
martes, 7 de abril de 2009
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